Sueños en Azul.

El origen de un universo pictórico
1996 · Óleo sobre tela

Sueños en Azul (1996)

La exposición Sueños en Azul, realizada en 1996, llegó a mi vida de la manera más inesperada.

Ese mismo año había sido invitado por la revista Hacer Familia a desarrollar un mural comunitario junto con niños de un albergue de la Asociación Don Bosco, en San José. El proyecto se realizó en los parqueos del entonces naciente Museo de los Niños y fue una de las experiencias más enriquecedoras de mis primeros años como artista.

Durante varios días compartimos una dinámica muy sencilla: “Lo que soy, lo que quiero ser y mi familia.” Cada niño dibujó sus sueños, sus miedos y sus esperanzas. Después escogimos fragmentos de aquellos dibujos y, junto con estudiantes de Artes Plásticas de la Universidad de Costa Rica, los desarrollamos a gran escala para construir un enorme mural donde un arcoíris unía personajes, casas, animales y símbolos nacidos de la imaginación de aquellos pequeños.

Yo acababa de regresar de Europa. Venía lleno de entusiasmo y tenía la fortuna de estudiar pintura al óleo con el maestro Arvid Röström. Eran meses de descubrimientos. Aprendía la paciencia de las veladuras y me dejaba llevar por un surrealismo completamente intuitivo.

Mis cuadros hablaban de sueños: hombres de piedra acompañados por unicornios a punto de emprender el vuelo; guitarras que parecían suspirar mientras contemplaban la luna; mujeres decapitadas cuyo cuerpo dialogaba con un vitral coronado por una cruz, mientras, en el horizonte, aparecían tres calaveras y la cabeza de aquella mujer se convertía en una pequeña isla flotando dentro de un universo imposible.

No existía ninguna teoría detrás de aquellas pinturas. No respondían a un manifiesto ni seguían una línea conceptual. Eran, simplemente, el asombro de un joven descubriendo el inmenso lenguaje del óleo.

Sin embargo, con el paso del tiempo comprendí que, aunque nacían de la intuición, todas aquellas obras escondían un mensaje. Había en ellas una necesidad de decir algo más allá de la forma.

La pieza de la mujer decapitada, por ejemplo, no era solamente una imagen surrealista. Hablaba de la masacre cultural provocada por la conquista y de la imposición de la cruz como símbolo de dominación. Aquella obra terminó convirtiéndose en la pieza central de la exposición y, por esa razón, toda la inauguración giró alrededor de la corte española del siglo XVI.

Mi querido amigo Rolando Trejos me prestó vestuarios de la Compañía Nacional de Teatro para caracterizar a los actores. De pronto, el museo dejó de ser únicamente una sala de exposiciones y comenzó a transformarse en un escenario vivo.

Otra de las obras, Un corazón herido encuentra un lugar donde descansar, hablaba de la necesidad eterna del ser humano de protegerse del amor cuando este nos rompe.

Curiosamente, esa pintura fue robada muchos años después de haber regresado a mis manos.

Un coleccionista la había adquirido a finales de los años noventa y, cuando supo que en el incendio de mi casa, en 2017, había perdido cerca del ochenta por ciento de mi obra, decidió devolvérmela para ayudarme a reconstruir mi colección personal.

Tiempo después también desapareció.

Como si incluso esa obra hubiera querido contar su propia historia de pérdidas y regresos.

Todo esto ocurrió en un momento en el que yo mismo no era plenamente consciente de la profundidad de lo que estaba creando. Quizá por eso, en aquel entonces, parecía que todo era simplemente un juego de imágenes, cuando en realidad cada pintura guardaba una historia, una herida o una pregunta que yo llevaba muy dentro.

Una tarde, mientras trabajábamos en el mural, conocí a don Guillermo Vargas, entonces director del Centro Costarricense de la Ciencia y la Cultura, donde funcionaba el Museo de los Niños.

Conversando con él le mostré un reportaje publicado por una revista sobre mi trabajo.

Después de hojearlo durante unos minutos me sorprendió con una pregunta inesperada.

¿Y por qué no exponés aquí?

Le respondí, casi avergonzado, que únicamente tenía aquellos ejercicios surrealistas realizados durante mis clases.

Su respuesta cambió muchas cosas.

Perfecto. Entonces expongámoslos.

Así nació mi primera gran exposición individual en un museo.

Comencé a enmarcar cada pintura mientras mi querida amiga Monthia Sancho escribía un poema inspirado en cada una de ellas.

Muy pronto entendimos que la inauguración también debía convertirse en una obra de arte.

Invitamos amigas para representar damas del siglo XVI, caballeros armados y personajes inspirados en la corte española, construyendo un recorrido teatral entre las pinturas para conmemorar el aniversario del descubrimiento de América.

Años después, la directora de la Galería Nacional, Dunia Molina, me comentaría que probablemente aquel había sido el primer performance realizado dentro del Museo de los Niños y posiblemente uno de los primeros desarrollados en una institución museística costarricense.

Quizá la historia oficial nunca lo registró.

Pero quienes estuvimos allí sabemos que ocurrió.

Y el arte, al final, nunca miente.

Aquella noche el Quinteto de Maderas de Costa Rica interpretó un delicado programa musical mientras, por los parlantes, se escuchaban las poesías de Monthia dialogando con las obras.

Para inaugurar la exposición comenzó a sonar la música de Vangelis.

Entre incienso y cientos de velas apareció lentamente un monje vestido con su hábito, caminando en silencio mientras sostenía un incensario.

También él formaba parte de la exposición.

El aroma del incienso, la música, las sombras y la arquitectura del antiguo castillo transformaron completamente el espacio.

Durante unas horas el museo dejó de ser únicamente una sala de exposiciones para convertirse en una experiencia sensorial.

Yo era apenas un muchacho.

Como escribiría años después Fabio Herrera, en un texto que siempre he guardado con enorme cariño, había “entrado al arte con ojos inocentes”.

Y creo que tenía razón.

Durante las semanas siguientes regresaba constantemente al museo para recorrer la exposición y leer el libro de visitas.

Las páginas estaban llenas de mensajes maravillosos escritos por niños y niñas que visitaban la muestra con sus escuelas. Dibujaban corazones, dejaban pequeñas cartas y escribían cuánto les habían gustado aquellas pinturas extrañas.

Hasta que un día encontré el libro completamente sellado con grapas.

Ya no era posible leer casi ninguno de aquellos mensajes.

Algunos académicos y representantes de las altas esferas del arte habían decidido cubrir las páginas con comentarios burlones y despectivos.

Uno de ellos quedó grabado para siempre en mi memoria:

“Los marcos son académicos, el ejercicio surrealista y la técnica impresionista son una suma de opuestos que se cancelan. ¡Qué asco de pintor!”

Recuerdo que Dunia Molina, con enorme sensibilidad, me pidió que no les diera importancia.

Y decidí hacerle caso.

Preferí conservar en mi memoria las palabras de aquellos niños antes que las sentencias de quienes creían poseer la verdad absoluta sobre el arte.

Con el paso de los años comprendí que aquella experiencia fue uno de los mayores regalos que podía recibir al inicio de mi carrera.

Me enseñó que el arte no necesita pedir permiso para existir.

Que la emoción sincera de un niño frente a una pintura puede ser infinitamente más valiosa que la aprobación de cualquier élite.

Que la libertad creativa siempre incomodará a quienes necesitan imponer reglas para sentirse dueños del arte.

Hoy, mientras reconstruyo mi archivo después del hackeo que destruyó gran parte de mi página web y recupero fotografías, textos y documentos dispersos, vuelvo inevitablemente a aquel joven que inauguraba su primera exposición en el Museo de los Niños.

He perdido archivos.

He perdido obras.

He perdido espacios que parecían eternos.

Pero no he perdido la memoria.

Y la memoria, cuando permanece viva, también es una forma de patrimonio.

Quizá empezar de nuevo sea, en realidad, una manera de volver al origen.

Porque Sueños en Azul no fue solamente mi primera gran exposición individual.

Fue el instante en que comprendí que el verdadero camino del artista no consiste en agradar, ni en pertenecer a un grupo, ni en esperar el reconocimiento de quienes se sienten guardianes de la cultura.

Consiste en permanecer fiel a la voz que nace en silencio, incluso cuando uno mismo todavía no alcanza a comprenderla.

Mirando hacia atrás descubro que muchas de las preguntas que comenzaron en aquellas pinturas siguen habitando mi obra treinta años después.

Cambian los materiales.

Cambian los escenarios.

Cambian los símbolos.

Pero permanece intacta la misma búsqueda.

Tal vez por eso hoy puedo afirmar, con más certeza que nunca, que aquella exposición no marcó el final de una etapa, sino el comienzo de toda una vida.

Porque fue allí, casi sin darme cuenta, donde empezó a escribirse el lenguaje del espíritu.

Y donde comprendí, por primera vez, que el arte existe para recordarnos que nacimos para ser libres.

El nacimiento de una mirada

América Descubierta

La exposición coincidió con la reflexión sobre los 500 años del descubrimiento de América.

Durante la inauguración, Cali Rivera presentó el primer performance realizado en el Museo del Niño, alrededor de una representación simbólica de una América decapitada, integrando pintura, poesía, teatro y música en una sola experiencia artística

Un corazón herido, encuentra un lugar donde descansar.

Hay obras que trascienden el lienzo para convertirse en memoria. Esta pintura nació como una reflexión sobre la capacidad del ser humano para encontrar paz después del dolor, recordándonos que incluso las heridas más profundas pueden conducir a un lugar de serenidad.

Con el paso del tiempo, la historia de esta obra adquirió un significado inesperado. Fue sustraída y, hasta el día de hoy, permanece desaparecida. Su ausencia la convirtió en una de las piezas más enigmáticas dentro de la trayectoria de Cali Rivera.

Aunque su ubicación es desconocida, su esencia continúa viva en los registros fotográficos y en la memoria de quienes tuvieron la oportunidad de contemplarla. Su mensaje permanece intacto: el arte puede desaparecer físicamente, pero nunca deja de habitar la sensibilidad de quienes fueron tocados por él.

Frida Kahlo

Constituye un homenaje a una de las artistas más influyentes de la historia del arte latinoamericano. Lejos de ser un retrato convencional, la obra explora la fortaleza, la sensibilidad y la capacidad de transformar el dolor en creación, valores que definieron la vida y el legado de la pintora mexicana.

A través de un lenguaje simbólico y una atmósfera profundamente contemplativa, la pieza establece un diálogo entre dos universos creativos unidos por la libertad de expresión y la búsqueda constante de identidad. Actualmente, esta obra forma parte de la colección privada de Alejandra Gabriela Guzmán Pinal, reconocida cantante, compositora y actriz mexicana, consolidándose como una pieza de especial relevancia dentro del patrimonio artístico de Cali Rivera y reflejando la proyección internacional que ha alcanzado su obra.

Galería

"Las obras que dieron origen al universo artístico de Cali Rivera, reunidas en una colección donde el azul es lenguaje y emoción."